7:40 am. Salgo de casa para emprender el camino a la oficina, ya salgo tarde y decido abordar un taxi. Normalmente procuro abordar taxis que al ver al conductor me inspiren confianza o que me inspiren que no será algún chofer mañoso que me ande dando vueltas por la ciudad para sacar más dinero -todo ésto gracias a los consejos de un buen amigo-.
Debido a mi prisa y a que ya me habían ganado dos taxis que venían libres, me encuentro con uno vacío, el cual es tripulado por un señor de avanzada edad. No soy de los que desprecian a las personas mayores, al contrario, siempre disfruto mucho de la experiencia de sus historias. Abordo el taxi y debo confesar que llegó un momento en que pensaba “¿Cómo fue que terminé en éste taxi?”.
Muy pronto el taxista comenzó a platicar conmigo. No me molesta que me hagan plática, pero por lo general, prefiero ir en silencio. Así, comenzó un viaje que me conmovió muchísimo. Al final del recorrido, ya no supe si todo lo que me contó el taxista era verdad o no. Tal vez nunca llegue a descubrirlo.
“Disculpe que le cuente mis penas, joven, pero es que siento la necesidad de hablar con alguien sobre lo que me ocurre y usted me inspira confianza…”, me dijo el chofer un tanto nervioso. Fue la frase que marcó el inicio de una historia muy conmovedora y que me induce a ésta entrada.
Me contó que llevaba varios días trabajando 20 horas diarias en el taxi. Se le veía bastante cansado y bostezaba con frecuencia. “Ya hasta traigo un dolor en la nuca que por ocasiones no soporto, pero pues, ¿Qué puedo hacer? Ahorita tengo mucha necesidad, tengo muy enferma a mi esposa…”, me comentaba. El taxi olía a sudor, tenía ese olor entre rancio y encerrado que delata el hecho de una persona que lleva varios días durmiendo en el coche y que no se ha aseado con frecuencia. El olor era desagradable, pero no tan penetrante aún. Bajé la ventanilla de la puerta hasta la mitad, para que entrara el aire. Noté que todas las demás ventanillas estaban subidas. El aire frío de la mañana comenzó a fluir. Sentí algo de alivio.
Su esposa se cayó de un tercer piso y tuvo muchas lesiones de gravedad. Tal parece que, como si la vida le jugara una difícil prueba, la señora no falleció, pero se encuentra muy grave en el hospital. Sus vecinas la auxiliaron al momento del accidente, me comenta, él no pudo ayudarla de momento porque se encontraba trabajando en el taxi. La llevaron primero a un hospital de la Cruz Roja donde no se la quisieron recibir, ya que la veían con muy pocas esperanzas de vida. Las vecinas, al verse en la necesidad de que atendieran a la señora accidentada, la llevaron a un hospital particular y que acarreó otros y muchos más problemas a la situación.
Ahí sí la recibieron, la atendieron y operaron para tenerla estable, pero todo esto ocasiona que el taxista se vea en la necesidad de trabajar tantas horas al día para poder pagar los costosos tratamientos y medicamentos del hospital en cuestión. Ha intentado trasladarla a un hospital del gobierno, pero le ha sido imposible, ya que las valoraciones de los médicos, cirujanos y neurocirujanos que la han visto, le advierten que la señora no puede moverse por ningún motivo sin provocar consecuencias fatales.
“He visitado cada hospital y cada dependencia del gobierno en busca de ayuda y he encontrado poca, pero no puedo darme por vencido…”. Su conmovedoras palabras le hacen quebrarse al habla. Un nudo en la garganta me sorprende mientras sigo escuchando la historia de éste señor moreno, chaparrito, de lentes, que maneja con calma pero sin desesperar, con precaución… 35 años de trabajar como taxista lo respaldan en su experiencia como conductor experimentado en esta gran urbe: La Ciudad de México.
Ha buscado ayuda en muchos lados. Llegó hasta el hospital de neurología y consiguió una entrevista con el director de la institución, quien le ha ayudado a reducir el monto de los elevados precios de las múltiples operaciones y medicamentos para su esposa. “¡Es mi esposa, joven! Y la amo mucho. Todo lo que yo pueda hacer por ella ahora es poco. Yo tengo que luchar, hacer todo lo que esté a mi alcance, no puedo dejarla. Si con todo esto no logro nada, al menos sé que no me quedé sentado esperando y que hice todo lo que pude por ella…”.
Ha vendido todo: Licuadora, refrigerador, televisión, plancha y cuanto ha podido. Ha pedido prestado, solicitado ayuda con amigos y familiares, que incluso, le han negado ayuda. Libra ahora una lucha contra viento y marea, él solo, contra un sistema tan corrupto como imposible, que se ha gestado por décadas en éste país. Que una institución de gobierno no quiso recibir a su esposa y que ahora lo orilla a la situación tan delicada que vive ahora. Sin duda más dura de lo que podríamos imaginar.
El trayecto a la oficina, me hace pensar en muchas cosas. Las situación del chofer, que en varias ocasiones rompe en llanto ante la impotencia y que te recorre la espina como el filo de una navaja que va rosando la tesitura de la piel, para hacerla chillar como si fuera de metal. “Usted disculpe, joven. De veras discúlpeme, usted no tiene por qué soportar las tragedias de éste viejo…”, “No se preocupe…”, contesto. No puedo ser indiferente, ni tan frío como para no sentir o si quiera escucharlo.
Poco a poco la plática va tomando otros matices. Cambia de rumbo. Se le escucha un poco más aliviado, como si el hecho de poder contarlo con alguien, aunque sea un desconocido, aliviara su alma por al menos unos cuantos minutos. Un trayecto nada más. Un pasaje, como él los llama. “Servir a la gente. ¡Ese es mi perfil!”, entre muchas otras cosas que me dijo en esos 40 minutos de camino.
“Servido, joven. Que tenga un buen día”. “Gracias”. Pago con un billete de $100 el monto de $75 que marcó el taxímetro. “Le deseo que todo salga bien”, le digo. Me bajo y se va. ¿Sería mentira? ¿Sería verdad? ¿Buscaba algo más? Lo dudo mucho. Hubiera sido más fácil asaltarme u cualquier otra cosa que contarme todo eso y sin siquiera hacer algún movimiento que levantara sospechas en mi como para desconfiar. Y aunque hubiese sido una treta de tantas que existen en ésta ciudad, ¿Para qué molestarse? Dudo mucho que hubiese sido así.