De “Hotel California” y cómo cambió mi vida

Platicando con una amiga me preguntó: “Oye, tienes alguna idea de por qué a la gente le gusta tanto Hotel California??”. Hablábamos sobre un track list de canciones que estoy preparando para una presentación próxima, en donde quiero tocar algunas canciones, en un bar de Jojutla. Entre ese track list, está “Hotel California”. Así que, a mi parecer y muy particular opinión, esto es lo que le contesté al respecto.

Es una canción muy melódica y dramática al mismo tiempo. Es muy buena. Tiene muchos factores que toda buena canción de rock tiene, algunas en más medida, otras en menos medida y otras con todas las características (como ésta), otras con menos características

1. Tiene un muy buen intro, propositivo y te introduce en el ambiente de lo que va la rola.

2. La letra tiene trama, historia y te atrapa desde el inicio. Como un buen libro. Desde los primeros versos, quieres saber qué más va a pasar. Empieza casi casi como un cuento… Creo que eso influye mucho… De hecho es una canción larga, por lo mismo de la letra, para contarte “el cuento” o la “historia” y dime, ¿A quién no le gustan los cuentos?

3. Melodía. No es una canción difícil de digerir, desde el principio, las primeras notas, sabes que es una canción que escucharás hasta el final y te atrapa. Está muy bien cuidada y lograda, como dicen por ahí. Las guitarras son muy buenas, sin dejar de lado el bajeo que le da mucho ambiente y las percusiones son geniales, le dan ese aire de estar en un lugar semi-tropical, en donde el Hotel California se asoma, a penas, por entre las palmeras y la vegetación (como en la portada del disco).

4. Eso incluye al coro. El coro es envolvente y te incita a cantarlo, a corearlo juntos, a decir esas frases en conjunto, como si todos estuviésemos ahí en el mismo lugar, viviendo con los protagonistas la historia. La voz de Don Henley en esa canción tiene la tesitura exacta para cantarla. Tiene ese feeling que no creo que haya podido igual alguien más. Hay momentos en los que hasta se siente que sufre.

5. Un sólo de guitarras memorable. Comienza con la frase final de la canción. La frase más emotiva de toda la rola, cuando se dan cuenta que no podrán escapar jamás del Hotel California. Te va llevando de la mano al climax de la canción, mediante el sólo de guitarra. Te lleva a las notas más justas y esquisitas que te estremecen al escucharlas. La pasión de los músicos y la agonía de sus personakes y protagonistas.

6. Tiene un final dramático. En la versión de estudio, si mal no recuerdo, es un fade out, pero con notas repetitivas que suenan en un conjunto de “guitarras gemelas” y se desvanece poco a poco. Como un final desconocido, pero trágico. La versión acústica, a pesar de tener un intro más dramático y virtuoso, también el final cambia y es más dramático, porque termina abrúptamente con un remate prominente, que a diferencia de la de estudio, que te deja como el suspenso, en ésta es un final de “Y ahí murieron quedaron por siempre”

Y luego… “On a dark desert highway, cold wind in my hear… Warm smell of colitas, rising up through the air…” Jejejejeje.

Llegó a haber un tiempo en que no la soportaba, pero fue porque me harté de escucharla. Sabía las notas en mi mente de memoria, casi puedo escucharla dentro de mi cabeza, sin siquiera ponerla en algún reproductor de música. Pero hubo una situación que me encantó y que me sucedió con esa canción y desde ese entonces comprendí muchas cosas. Muchas cosas en cuanto a esa canción, en cuanto al Rock mismo y que me cambiaron.

Era una época en que “tocar la guitarra” no estaba entre mis gustos o siquiera habilidades. Me conformaba con hacer “air guitar” con una raqueta de tennis cuando escuchaba “Smoke on the Water”. Vivíamos en una quinta, en donde mi papá trabajaba como gerente administrador y que pertenecía a la empresa en donde él trabajaba. Esa quinta se usaba como “casa de descanso” para directores y gerentes de la empresa y también se usaba como centro de capacitación, pero por lo general, era visitada por altos mandos.

Varios de esos directores y/o gerentes de la empresa, se hicieron amigos de mis padres, la mayoría de ellos de nacionalidad sueca. Unos de esos amigos y que convivían con nosotros siempre que venían a México y visitaban la quinta, era Erik (les debo el apellido, porque no lo recuerdo de momento) y su familia. En una de esas reuniones que teníamos en casa, en compañía de la familia de Erik, las copas de vino ya habían fluido suficiente entre los adultos como para tenerlos en un estado de embriaguez considerable. Pasaba de media noche y, como era costumbre, además del alcohol y la cena de carnes al carbón, a mi padre le encantaba poner música de rock en la consola del estereo para amenizar las reuniones. En la sala, recuerdo, estábamos, mi papá, Erik, Andreas (hijo mayor de Erik, pero de unos nueve u ocho años menor que yo), Ösa (esposa de Erik) y mi mamá.

También era una época en que no ponía mucha atención a las canciones y menos en inglés. Aunque entendía el idioma perfectamente, no les ponía atención, simplemente las escuchaba y ya. Tenía la tonta filosofía de que si los primeros 10 segundos de la canción me gustaba, entonces la canción entera me gustaba. Sin importar de qué hablara o cómo se desarrollara después.

Me pasaba las tardes de los domingos mezclando audio cassettes con canciones de chile, mole y pozole, basándome en esa filosofía de selección musical. Pasaba con frenesí los CD’s de mi padre sólo esuchando los 10 primeros segundos de las canciones y si alguna me gustaba, esos primeros 10 segundos, la pasaba al cassette. Por lo que muchos de mis cassettes, -que por cierto, ya quedaron en el olvido-, estaban terriblemente mezclados. Podía estar una canción de la más pura tristeza y agonía del cantante, junto a la más alegre y animada. Una con algún tema de controversia y política, junto a una que hablara del más cursi amor.

Sin sentido. Todo revuelto. Brutalmente horrible. Muchos de esos cassettes, ni a mi me gustaban. Otros sólo yo los soportaba. Tenía montones de esos cassettes. Mi propia “colección” de mezclas a lo bestia, acomodados junto a mi grabadora favorita. Tenía muy pocos discos de algunas bandas, casi todas mexicanas, que también consistían hasta los más extraños ritmos. Tenía como 12 o 13 años… Tal vez ya entrando a los 14.

Ya habia CD’s, desde unos años y a mi padre le encantaban. Tenía montones, pero entre sus discos siempre figuraban The Doors, The Rolling Stones, Chicago, Neil Diamons, Deep Purple, Eagles, Grand Funk Railroad, Credence Clearwater Revival y cosas así. Mientras que yo escuchaba Caifanes, Maldita Vecindad, Café Tacuba, Maná, El Tri y demás grupos de la ola de “Rock en tu Idioma” que se dio como un bum, por esa época. Que con El Tri, tuve una experiencia bastante chusca con mi padre, jejejee, que luego te contaré, porque esa… Es otra historia.

Era un situación competitiva, la que tenía con mi padre y la música, casi sin que él lo supiera o se lo hubiera dicho, y que seguro se daba cuenta y hacía como que competía conmigo, porque cuando compraba discos nuevos, me los presumía. Me decía “Mira, flaco, escucha ésta rola… Escucha”, mientras la ponía en el estereo de la casa para que ambos deleitáramos nuestros oídos.

La forma de competir era algo “entre nosotros”. Llegaba con un disco nuevo de Caifanes, por ejemplo y le decía “¡Mira ésta chingonada de disco! ¡Y son mexicanos y tocan bien chingón! ¡Mira, mira! ¡Escucha!” Y le ponía las rolas más chidas del disco. Como si hubiese sido yo el compositor de esas canciones, se las mostraba con tal orgullo. Y luego, él sacaba un disco, de los Rolling Stones, por ejemplo y me ponía un par de rolas y siempre me decía “Hijo, todos los padres de esos monos, ¡Son éstos weyes!…”, decía, señalando el disco que había puesto, “¡Estos son los padres de todos esos! ¡Caifanes, Café No sé Qué Madres y La Maldita Chingada y demás! ¡Jajajajajaja!”, ambos nos reíamos de eso.

Entonces, yo quería ganarle. Decirle que la música de “mi época” era más chingona o igual de chingona que la de “sú época”. Esa era básicamente la “competencia”. Pero no podía evitar terminar por darle la razón, porque la neta, esas rolas que ponía, sí estaban más chingonas. Me gustaban más y además, sí tenía razón. Los mismos grupos de “mi época”, siempre que eran entrevistados, nombraban a esas bandas que decía mi papá, como sus influencias y grupos que los inspiraron a hacer lo que hacían.

Pero a mi me gustaba competir con él. No era una situación de “competir” de una forma enojada o de pelea, sino al contrario, me gustaba y a él también. Nos gustaba hacer eso. Buscar música chida y mostrarsela al otro. Buscar influencias de esos grupos, cantar y escuchar. Era muy chido. Creo que es -y aquí viene una confesión muy personal-, de lo poco que compartía con mi padre y de lo poco que conviviámos, porque nunca fuimos muy cercanos. Es decir, eran muy pocos los gustos en común y eso hacía que compartiéramos poco tiempo juntos.

Quise explicar lo de los cassettes y la mis mezclas, porque cambió mucho en mi aquella noche, con respecto a la música. Y mi percepción sobre ella. En fin, de vuelta a la historia…

Esa noche, ya pasada la madrugada, entre canción y canción, empezó a sonar Hotel California en el estereo de la casa. Mi padre incrementó el volumen al sonar las primeras notas de la canción, de tal forma que el audio inundaba toda la habitación de manera memorable. En ese momento, Erik se levantó con un gesto de satisfacción, no dejando duda de que esa, era una de sus canciones favoritas. De todos lo era. Pero esa vez fue especial.

Erik y mi padre se empezaron a meter muy dentro de la canción con cada compás que transcurría. Sonó entonces la pausa previa a la primera estrofa que marcan unos deliciosos y atinados  bongós. Erik y mi padre comenzaron a cantar la canción al unísono, entonando cada palabra con todo el sentimiento que los tragos les hacían sentir, pero después de muy pocas frases, Erik se hizo de la canción completamente y ya no cantaba solamente, con todo su ser, sino que empezaba a escenificar la canción frase a frase. Estrofa a estrofa. Estaba completamente en otro mundo. Como poseído, parecía que estaba justamente en el Hotel California.

Todos lo mirábamos atónitos y sumidos en un sopor que me es difícil de explicar, ya por el humo de los cigarrillos, ya por el olor del alcohol, ya por la desvelada que llevábamos, pero todo se combinó de manera perfecta para la escenificación. Las luces estaban a medias, dándole ese tono oscuro que se requiere y del que tan bien habla la letra de aquella memorable canción. Parecía que el mismo Erik tocaba realmente aquella canción con un instrumento que no podíamos ver, pero que sin duda podíamos sentir. Parecía que él mismo, había estado alguna vez en aquel Hotel y ahora nos contaba su historia.

Algo que hizo aún más caótico y memorable aquel momento, es que Andreas comenzaba a espantarse con cada movimiento de su padre y cada estrofa lo atormentaba más. Comenzó pidiéndole a su padre, casi en un gemido, que dejara de cantar. Pero Erik no lo escuchaba en un principio. Seguía cantando, cada vez con más sentimiento. La canción ya rondaba por el segundo coro, que todos acompañábamos.

Para la última sección de la canción, la más dramática por retomar el arpegio de una manera que te hace poner suma atención a lo que escuchas, antes de llegar al solo de guitarras, Andreas ya se veía más que desesperado. Comenzaba a gritarle a su padre que dejara de cantar. Erik, ahora le cantaba a él y sólo dejó de cantar cuando Don Henley lo hizo, con el mismo grito de dolor y el sólo de guitarras comenzaba tan impactante como es.

Hasta ese entonces, Erik, que ya tenía a Andreas a sus piernas, se dejó caer de rodillas cuando su voz terminó de escucharse en la última palabra, abrazando a su hijo que ya lloraba por que terminara todo aquello. Parecía que se desmoronaba y caía, abrazando a su hijo, tal si como hubiera estado atrapado por muchos años en aquel lugar y ahora volviera para abrazarlo por primera vez después de su cautiverio.

Todo ésto me pareció increíblemente fascinante. Hasta ese entonces, no había puesto totalmente atención a esa y muchas otras canciones. Cuando Erik la cantó, fue como una revelación. Recuerdo que incluso me preguntaba: “¿De eso habla la canción? ¿Cómo es que no me había dado cuenta? ¿Qué hacía que un hombre sintiera de esa manera una canción?”. Incluso llegaba a reprocharme por haberla escuchado hasta el cansancio sin siquiera preocuparme por lo que decía o lo que significaba. Fue cuando esa canción tomo mucha más forma para mi. Cobró todo el sentido con el que se había creado. La escuchaba ahora de una manera totalmente diferente.

Fue así que dejé de hacer cassettes en la forma en la que los hacía. Ahora escuchaba con atención las canciones. Me preocupaba por entender lo que decían. Investigar un poco más por los temas que tocaban. Cambió mi forma de escuchar la música y especialmente, de escuchar el rock.

Entre muchas otras acciones y eventos que pasaron en mi vida, éste fue sin duda uno de los sucesos clave que me marcaron por siempre y que hicieron que me interesara mucho más por el rock y sobre todo, uno de los motivos más serios para aprender a tocar la guitarra. No digo que haya sido el único, pero sí uno de los más profundos y uno de los más importantes en mi vida.

Aprendí a tocar la guitarra a los 14 años. Cada día que practicaba pensaba en el día en que pudiera tocar con mis propias manos y mis sentimientos aquella canción, al igual que muchas otras que han sido muy importantes en mi vida.

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Rosca de Reyes 2012

Tengo como 4 días que me toca comer rosca de reyes. Es una época que me encanta y no por los regalos y todo eso de los Reyes Magos, sino simple y llanamente por la rosca de Reyes y el chocolate caliente. Creo que es la época del año en la que más pan de dulce como. Como dije -y no me canso de decirlo-, me encanta la rosca de Reyes. Siempre me sale muñeco, ni modo, es lo malo de que me guste tanto, peeeero… ¡También me gustan los tamales! ¡Jajajaja!

En éste año, me tocaron varias roscas, pero especialmente me tocó una ayer que me encantó. Fue una rosca rellena de queso filadelphia con mermelada de zarzamoras y aunque la fruta cristalizada estaba demasiado dura, la rosca estaba bastante rica. Deliciosa. Enrique preparó un rico chocolate caliente para todos y nos la pasamos muy bien.

No me había tocado nunca una rosca rellena así, me refiero al relleno, pero estuvo bastante bien. La compartimos con los amigos y para que quede registro, pongo aquí la lista de los que les salieron muñeco para que se cooperen -o nos cooperemos, mejor dicho-, para los tamales del día 2 de febrero.

Tamales 2 de febrero 2012: Geraldinne, Lauren, Carlos, Luis Enrique, Enrique, Alex y Japega.

Kikito hoy en la mañana cortó un pedazo y le salió muñeco, pero dice que ya no cuenta. En mi opinión, ¡Sí cuenta! ¡Jejejeje!

En fin, les debo la foto de la rosca y si se la saborearon, ¡Pues vayan por una! Jejejeje. A mi, por lo pronto, todavía me quedan un par por saborear el fin de semana. Ahí nos vemos el 2 de febrero para los tamales.

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Rodrigo y Gabriela – 2011-12-05 – México D.F. – Encore (Video)

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Rodrigo y Gabriela – 2011-12-05 – México D.F. (Fotos)

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Posteando desde el Android

Pues éste es mi primer post desde WordPress 1.4.1, para Android 2.2, ¡Cómo nos ha alcanzado la tecnología! Y pensar que ahora puedo muchísimas cosas de las que antes sólo salían desde una computadora y mucho antes de eso, ni siquiera existían o siquiera imaginábamos. Ahora Android, ¿Mañana? Lo sabremos.

Ni siquiera intenté hacer un post más en forma desde mi anterior Blackberry Storm 2, ya que la experiencia con ella, al tratar de usar WordPress, fue frustrante.

Hace un mes que cambié de teléfono, a un Motorola Milestone 2 y que por cierto me está agradando en demasía. Android es simplemente para mi, la plataforma que buscaba.

Veremos como funciona todo esto de Android y veré si puedo postear más a menudo desde aquí. Por lo pronto, los saludo, a todos aquellos que se den la vuelta por acá.

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Probando la aplicación de WordPress para Blackberry

¡Hola Mundo!

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Historia de un taxista

7:40 am. Salgo de casa para emprender el camino a la oficina, ya salgo tarde y decido abordar un taxi. Normalmente procuro abordar taxis que al ver al conductor me inspiren confianza o que me inspiren que no será algún chofer mañoso que me ande dando vueltas por la ciudad para sacar más dinero -todo ésto gracias a los consejos de un buen amigo-.

Debido a mi prisa y a que ya me habían ganado dos taxis que venían libres, me encuentro con uno vacío, el cual es tripulado por un señor de avanzada edad. No soy de los que desprecian a las personas mayores, al contrario, siempre disfruto mucho de la experiencia de sus historias. Abordo el taxi y debo confesar que llegó un momento en que pensaba “¿Cómo fue que terminé en éste taxi?”.

Muy pronto el taxista comenzó a platicar conmigo. No me molesta que me hagan plática, pero por lo general, prefiero ir en silencio. Así, comenzó un viaje que me conmovió muchísimo. Al final del recorrido, ya no supe si todo lo que me contó el taxista era verdad o no. Tal vez nunca llegue a descubrirlo.

“Disculpe que le cuente mis penas, joven, pero es que siento la necesidad de hablar con alguien sobre lo que me ocurre y usted me inspira confianza…”, me dijo el chofer un tanto nervioso. Fue la frase que marcó el inicio de una historia muy conmovedora y que me induce a ésta entrada.

Me contó que llevaba varios días trabajando 20 horas diarias en el taxi. Se le veía bastante cansado y bostezaba con frecuencia. “Ya hasta traigo un dolor en la nuca que por ocasiones no soporto, pero pues, ¿Qué puedo hacer? Ahorita tengo mucha necesidad, tengo muy enferma a mi esposa…”, me comentaba. El taxi olía a sudor, tenía ese olor entre rancio y encerrado que delata el hecho de una persona que lleva varios días durmiendo en el coche y que no se ha aseado con frecuencia. El olor era desagradable, pero no tan penetrante aún. Bajé la ventanilla de la puerta hasta la mitad, para que entrara el aire. Noté que todas las demás ventanillas estaban subidas. El aire frío de la mañana comenzó a fluir. Sentí algo de alivio.

Su esposa se cayó de un tercer piso y tuvo muchas lesiones de gravedad. Tal parece que, como si la vida le jugara una difícil prueba, la señora no falleció, pero se encuentra muy grave en el hospital. Sus vecinas la auxiliaron al momento del accidente, me comenta, él no pudo ayudarla de momento porque se encontraba trabajando en el taxi. La llevaron primero a un hospital de la Cruz Roja donde no se la quisieron recibir, ya que la veían con muy pocas esperanzas de vida. Las vecinas, al verse en la necesidad de que atendieran a la señora accidentada, la llevaron a un hospital particular y que acarreó otros y muchos más problemas a la situación.

Ahí sí la recibieron, la atendieron y operaron para tenerla estable, pero todo esto ocasiona que el taxista se vea en la necesidad de trabajar tantas horas al día para poder pagar los costosos tratamientos y medicamentos del hospital en cuestión. Ha intentado trasladarla a un hospital del gobierno, pero le ha sido imposible, ya que las valoraciones de los médicos, cirujanos y neurocirujanos que la han visto, le advierten que la señora no puede moverse por ningún motivo sin provocar consecuencias fatales.

“He visitado cada hospital y cada dependencia del gobierno en busca de ayuda y he encontrado poca, pero no puedo darme por vencido…”. Su conmovedoras palabras le hacen quebrarse al habla. Un nudo en la garganta me sorprende mientras sigo escuchando la historia de éste señor moreno, chaparrito, de lentes, que maneja con calma pero sin desesperar, con precaución… 35 años de trabajar como taxista lo respaldan en su experiencia como conductor experimentado en esta gran urbe: La Ciudad de México.

Ha buscado ayuda en muchos lados. Llegó hasta el hospital de neurología y consiguió una entrevista con el director de la institución, quien le ha ayudado a reducir el monto de los elevados precios de las múltiples operaciones y medicamentos para su esposa. “¡Es mi esposa, joven! Y la amo mucho. Todo lo que yo pueda hacer por ella ahora es poco. Yo tengo que luchar, hacer todo lo que esté a mi alcance, no puedo dejarla. Si con todo esto no logro nada, al menos sé que no me quedé sentado esperando y que hice todo lo que pude por ella…”.

Ha vendido todo: Licuadora, refrigerador, televisión, plancha y cuanto ha podido. Ha pedido prestado, solicitado ayuda con amigos y familiares, que incluso, le han negado ayuda. Libra ahora una lucha contra viento y marea, él solo, contra un sistema tan corrupto como imposible, que se ha gestado por décadas en éste país. Que una institución de gobierno no quiso recibir a su esposa y que ahora lo orilla a la situación tan delicada que vive ahora. Sin duda más dura de lo que podríamos imaginar.

El trayecto a la oficina, me hace pensar en muchas cosas. Las situación del chofer, que en varias ocasiones rompe en llanto ante la impotencia y que te recorre la espina como el filo de una navaja que va rosando la tesitura de la piel, para hacerla chillar como si fuera de metal. “Usted disculpe, joven. De veras discúlpeme, usted no tiene por qué soportar las tragedias de éste viejo…”, “No se preocupe…”, contesto. No puedo ser indiferente, ni tan frío como para no sentir o si quiera escucharlo.

Poco a poco la plática va tomando otros matices. Cambia de rumbo. Se le escucha un poco más aliviado, como si el hecho de poder contarlo con alguien, aunque sea un desconocido, aliviara su alma por al menos unos cuantos minutos. Un trayecto nada más. Un pasaje, como él los llama. “Servir a la gente. ¡Ese es mi perfil!”, entre muchas otras cosas que me dijo en esos 40 minutos de camino.

“Servido, joven. Que tenga un buen día”. “Gracias”. Pago con un billete de $100 el monto de $75 que marcó el taxímetro. “Le deseo que todo salga bien”, le digo. Me bajo y se va. ¿Sería mentira? ¿Sería verdad? ¿Buscaba algo más? Lo dudo mucho. Hubiera sido más fácil asaltarme u cualquier otra cosa que contarme todo eso y sin siquiera hacer algún movimiento que levantara sospechas en mi como para desconfiar. Y aunque hubiese sido una treta de tantas que existen en ésta ciudad, ¿Para qué molestarse? Dudo mucho que hubiese sido así.

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